Economías colaborativas

Los bienes comunes o commons, se ponen en práctica y debate en la economía actual y abren la pregunta ética sobre lo que consideramos como recursos esenciales para el ser humano y cómo podemos hacerlos sostenibles. La ciencia, los datos, la educación, el gobierno, el espacio público, el aire, el agua, el suelo, son cosas que tenemos en común con otros, y se reconocen o representan en expresiones y herramientas que más allá de su representación objetual o no, hacen parte de las dinámicas económicas globales.

En el caso del ámbito artístico y cultural, la noción de industrias creativas toma fuerza en los años 90 como una estrategia para monetizar los bienes intangibles, afines a la creatividad y la expresión humana y se reconocen como posibles productos de exportación. Bajo este modelo los trabajadores de la cultura se benefician del apoyo financiero de las empresas, y la industria muestras que es posible producir ganancias al mismo tiempo que se fomenta el arte y la creatividad. El problema de esta visión económica es que las industrias creativas toman como base las posibilidades de explotación económica y no el potencial experimental, político y educativo del contenido cultural. Esta perspectiva restringe la diversidad de usos que pueden crear las comunidades sobre el conocimiento utilizando herramientas desde el ámbito de la propiedad intelectual para monopolizar los aprendizajes y encerrarlos en círculos de mercado.

El movimiento copyleft, la noción de procomún y los movimientos de acceso abierto abren otras posibilidades de interacción y uso con el conocimiento humano y sus representaciones. Reconocen la importancia de la creatividad humana en las dinámicas económicas locales y globales, sin perder de vista valores como la pluralidad y el acceso democrático al conocimiento. Desde estas perspectiva el uso de los bienes comunes culturales amplía la interacción con el contenido, permitiendo a los autores tomar decisiones sobre sus derechos patrimoniales de acuerdo a sus visiones del mundo y a su situación económica. Por ejemplo, un realizador de una película puede decidir utilizar todos los derechos reservados durante un par de años mientras su material viaja a festivales, concursos y en otros áreas de distribución. Una vez cumplido este lapso puede liberar su material y ponerlo a circular bajo una licencia abierta que permita llegar a otros ámbitos por fuera del comercial, y de origen a obras derivadas. Incluso, el autor puede decidir en algún momento trascender su protagonismo como figura central de la creación y declarar su creación como parte del dominio público. Sin embargo, las políticas y las legislaturas sobre este tema son caprichosas, difusas y en la mayoría de los casos anacrónicas. Las tensiones están entre velar por la retribución justa al esfuerzo creativo sin limitar la divulgación del conocimiento, en un sistema donde la remuneración monetaria es predominante.

Iniciativas que hablan de los commons (que no son lo mismo que el consumismo colaborativo) están enfocados en primera instancia a la creación de una comunidad alrededor de los bienes comunes como parte esencial del “bien común” (en ambos sentidos). Su estructura propone tipologías de red de intercambio descentralizadas y distribuidas que funcionan bajo la idea de cooperación (comunidades peer-to-peer o entre pares). Este principio posibilita que el intercambio se dé bajo unas premisas y acuerdos de uso de la comunidad, que no necesariamente tiene que ser la visión de lucro del mercado actual.

En un diccionario en Internet se puede leer hoy la definición de commonista: Una persona que aboga por el uso de Internet para el bien común de la humanidad (y no para obtener ganancias comerciales). ¿Qué pasaría si ampliamos esta definición a palabras como cultura, educación, conocimiento?

Autor entrada: comunicaCDCM

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